El antropoceno y la destrucción de los bosques

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“Quien pretenda crear un crecimiento infinito de un mundo finito, o es un loco o es un economista”. (Kenneth Bouilding)

En el artículo anterior señalamos que en los siglos XVI y XVII, el mundo  comenzó a verse como una fuente de recursos infinitos, que la Tierra se podía explotar sin medida y que no habría ninguna consecuencia negativa. En esa época, el paradigma desarrollista pregonó que el progreso estaba determinado por la capacidad humana de explotación de los recursos de la Tierra y que el reto era hacer acopio de toda la creatividad humana y de esta manera vivir con las mayores comodidades posibles, endiosando incluso las superfluidades más tontas.

Los últimos 250 años, llamados la época de la sociedad industrial racional y moderna, ha puesto en boga el antropocentrismo radical, así, del último siglo y medio de la presencia humana sobre la Tierra, han ocurrido los cambios más drásticos y peligrosos, los sistemas naturales que originan y sustentan la vida, se han trastocado más que en los 65 millones de años anteriores en que ocurrió la última mega extinción. Consecuencia del cambio operado en la era industrial, se ha producido un profundo desequilibrio en nuestra cultura, en nuestros pensamientos y sentimientos, en nuestros valores y actitudes, así como en nuestras estructuras políticas, sociales y aún religiosas. Hemos sustituido las cosas de mayor valor por las de menos cuantía, el conocimiento racional sobre la intuición, la ciencia sobre la fe, la competencia sobre la cooperación, la expansión sobre la conservación, el crecimiento económico sobre el crecimiento espiritual, lo objetivo sobre lo subjetivo, etc.

La amenaza del desarrollo mercantil ha puesto al borde del abismo a todas las formas de vida, en este proceso de carrera vertiginosa contra la naturaleza, uno de los recursos que ha sido convertido en objeto de depredación, son los bosques, la anterior y antigua relación desinteresada del hombre con la naturaleza, su capacidad de interrelacionar lo terreno con lo divino, ha desaparecido de la misma manera que desaparecen miles de hectáreas de bosques y selvas para satisfacer la opulencia del llamado primer mundo, la voracidad destructora del capitalismo salvaje que, incapaz de relacionar la preeminencia de los bosques sobre la vida humana y animal, ve a las montañas, los ríos y todos los demás recursos naturales meramente como mercancías. La cultura holística milenaria de los pueblos ancestrales de convivir  respetuosamente con la naturaleza ha desaparecido, los hombres de hoy hemos decidido que nuestros antepasados con sus ofrendas y rituales místicos de agradecimiento, invocación y hermandad con los bosques, las montañas y los ríos, eran unos idiotas. Por conveniencia renegamos y desconfiamos de todo lo que a ellos les parecía verdad  y negando sus enseñanzas hemos decidido vivir la vida a nuestro modo, es decir depredando y destruyendo todo lo que nos produce riqueza.

Nuestra ignorancia y ceguera moral, además de nuestra falta de conciencia, han anulado nuestra capacidad de pensar y discernir entre lo correcto e incorrecto, convirtiéndonos en meros autómatas del capitalismo y como dice el apóstol de las Américas, José Martí “Un hombre ignorante está en camino de ser bestia, y un hombre instruido en la ciencia y en la conciencia, está en camino de ser Dios”.

Función de los bosques en la preservación de la vida

Además de mantener un equilibrio del medio ambiente, los bosques son generadores de oxígeno, vital para la vida de todos los seres vivos que habitan el planeta, absorben el dióxido de carbono generado por la quema de los combustibles fósiles y de esa forma limpian el aire, un planeta sin árboles y bosques implicaría la muerte de muchos seres vivos y la contaminación del medio ambiente sería inminente, existen cálculos de que el 30% del la superficie de la Tierra está cubierta de árboles, sin embargo, en una sola década se talan siete millones de hectáreas de árboles, lo más probable es que a ese ritmo, al finalizar el presente siglo quede poca vegetación sobre la superficie terrestre y en consecuencia, el ocaso de la humanidad estará cada vez más próximo.

Abundan los datos estadísticos sobre la pérdida de bosques en todo el mundo, para el presente caso citaremos lo que le ocurre a uno de los principales pulmones del mundo (posiblemente el más importante),  datos sobre la deforestación indican que, entre los años 2003-2008, en la región de la  Amazonía brasileña fueron deforestados 100 mil Kms. cuadrados de bosque, en tanto que en la Amazonía peruana, en el año 2010 se había concesionado a las compañías mineras el 75% del territorio boscoso, con un total de 5,812 concesiones, lo que implicaba la pérdida de 1.5 millones de hectáreas del bosque amazónico, en el caso de Guatemala, el investigador Juventino Gálvez indica en el periódico Plaza Pública de fecha 25 de mayo de 2012 que, “la deforestación pasó de 100,000 hectáreas anuales  en el periodo 2001-2006 a  poco más de 132,000 hectáreas anuales en el periodo 2006-2010. Estas cifras corresponden a una tasa de deforestación del 3.4% anual, una de las más altas de Latinoamérica” ahora  bien, la destrucción de los bosques conlleva a su vez la destrucción del hábitat de la mayoría de especies animales, lo que implica que la destrucción de los bosques es una pérdida por partida doble. En términos generales, si se continúa con el ritmo actual  de destrucción de la vegetación, los bosques tropicales húmedos, que contienen el 50% de las especies conocidas y la gran mayoría de las desconocidas, para el año 2025, (o sea dentro de 6 años), el 25% de los animales habrán  desaparecido del planeta. El enjambre humano enloquecido por adueñarse de los recursos planetarios como los bosques, muestra su peor fase bestial del que habla Martí, insensible al sufrimiento de las plantas y los animales, tala o incendia inmisericordemente lo que la naturaleza ha tardado millones de años en perfeccionar, produciendo con esta acción el advenimiento de su propia destrucción.

Estamos claros que el mundo actual se debate entre dos posturas, la de aceptar que la humanidad, con sus acciones destructivas se encamina a su desastre y la de negarla, pero la realidad la tenemos enfrente, de día y de noche, el mundo cambia, las cuatro estaciones en que se dividía el año, ya no existen en su pureza de antaño, no podemos fingir ignorancia ante la realidad, es innegable que los cimientos y el templo del mercado están haciendo temblar los cimientos de la vida humana, es hora de decir la verdad, de ceñirnos a la realidad por dura que ésta sea, necesitamos renunciar a nuestra comodidad, fatuidad y superfluidad es hora de demostrar que tenemos la audacia suficiente de pensar diferente, de ir contracorriente y concebir futuros alternativos. Inconscientes y avaros como somos, con toda seguridad no cambiaremos nuestras prácticas pero,  “Cuando caiga el último árbol, nos daremos cuenta de que el dólar, el euro, el yen o el quetzal, no producen oxígeno ni agua, no producen vida, producen muerte”.

Eduardo Tuyuc

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