El gatopardismo en las elecciones 2019: Todo cambia para que nada cambie.

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Perspectiva Invertida.

En la novela “El Gatopardo”, una de las grandes obras de la literatura italiana del siglo XX, escrita por Giuseppe Tomasi di Lampedusa; el personaje Tancredi, sobrino de Don Fabrizio Corbera, príncipe de Salina, declara a su tío la necesidad, intención y cinismo de la aristocracia siciliana de aceptar la revolución unificadora de los Estados italianos, con la finalidad de conservar el poder, la influencia y los privilegios que los caracterizaba.

«Si queremos que todo siga como está, necesitamos que todo cambie», expresaba el hábil Tancredi. A partir de ahí, existe una interesante figura literaria para describir la astucia conservadora ante el cambio (1): El gatopardismo. Desde entonces, en ciencias políticas se suele llamar “gatopardista” o “lampedusiano” al político que inicia una transformación política revolucionaria pero que en la práctica sólo altera la parte superficial de las estructuras de poder, conservando intencionadamente el elemento esencial de estas estructuras (2).

A partir de 1986 hasta nuestros días, periodo que algunos han catalogado como “la primavera o era democrática”, los variopintos gobiernos que han desfilado en la administración del Estado, se han acoplado ágil y desvergonzadamente a los intereses de una clase política-económica que ha mantenido, desde la invasión e instauración de la colonia, en condiciones generalmente desfavorables a la población guatemalteca, y en el que los mayores beneficiados, han sido quienes participan y se prestan como lacayos de un sistema democrático cooptado y fallido.

Ahora que se abre una nueva convocatoria a elecciones generales para elegir a más de cuatro mil funcionarios públicos, atestiguaremos un zoológico como oferta partidaria, que más que contar y presentar especies auténticas con propuestas genuinas de transformaciones de fondo a las problemáticas reales del país, veremos una variedad de seres mutados y deformados, que participan como un experimento más para conservar y dar soporte a estructuras de poder político, económicas, militares e incluso religiosas e ilegales, cuyo fin característico es la de mantener influencia y privilegios a costa de los intereses y demandas básicas de una ciudadanía que experimenta continuas crisis sociopolíticas.

Es posible que las elecciones tengan el matiz de libre y transparente; no obstante, este sistema electoral y democrático ha sido diseñado para responder a redes políticas económicas y a intereses particulares, por lo tanto, volátil y viciado. Muestra de ello es que a partir de la llamada era democrática en Guatemala, “se han creado al menos 70 partidos políticos, de los cuales, 45 han sido cancelados por no alcanzar el mínimo de sufragios válidos a su favor o por sanciones impuestas por el Tribunal Supremo Electoral -TSE-“ (3).

En esta contienda electoral, 29 partidos políticos perfilan presentarse a las elecciones generales, aunado a ello, diversos comités cívicos que disputarán alcaldías, lo cual evidencia de forma inmediata, que en el país no existen estructuras partidarias comprometidas a la reconstrucción de un Estado que enfrenta muchos desafíos, más que externalizar ambiciones particulares; y que las pocas organizaciones político partidarias que sustentan legítimamente sus aspiraciones, son opacadas y señaladas como desestabilizadoras y perjudiciales para un estatus quo, que desde luego, ha sabido conservar y defender el poder y sus privilegios a base de manipulación, ilegalidades y sometimiento de la población de diversas maneras.

Derivado de ello, los partidos políticos tradicionales que han sido creados y utilizados por la élite político-económica para mantener este Estado colapsado, visiblemente arraigado en la corrupción y en la impunidad, aceitan eficientemente, con su aparente diversidad partidaria y participación política, los engranajes de un Estado diseñado para blindar y excluir la voz e intervención real de su población mayoritaria y marginada: indígenas, campesinos y las clases trabajadoras; cambiando todo para que todo siga igual.

En consecuencia, ante el tradicionalismo, populismo y demagogia de los partidos políticos ya conocidos, deslegitimados y desacreditados, y de las nuevas estructuras que son solo fachadas o satélites de estas, y con actores que se mudan a ellas como cambiarse de corbata; corresponde oportunamente al ciudadano, reflexionar objetivamente sobre la oferta electoral, y dar su simpatía y apoyo a quienes los grupos de poder contrarían y repulsan, porque precisamente son estos movimientos, nacidos desde los pueblos, quienes tienen definida la ruta de un cambio sustancial.

Gabael Otzoy

@ogabael

 

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