El maquillado discurso del cambio

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Perspectiva Invertida

El respetable apologista, escritor y conferencista cristiano, Josh McDowell, autor de renombradas obras de literatura religiosa, enfatiza en su libro “Convicciones más que creencias”, que las acciones del ser humano están determinadas por sus valores y principios, y que estos a la vez se fundamentan en las creencias espirituales del individuo.

En base a información en la web, Guatemala tendría un 84 % de cristianos en total, y mundialmente estaría posicionado entre las 25 naciones más cristianas del mundo; aseverando, además, que, a partir de la década de 1960 a la actualidad, la población evangélica ha ido ganando más adeptos, estimando, incluso, que este sector religioso ha superado en porcentaje de profesantes al catolicismo.

Estos datos vienen a colación para sustentar el punto central de este artículo, el cual cuestiona no solo el rol del sujeto social profesante de la creencia más sobresaliente en el país; sino, además, reflexionar de forma somera respecto a las implicaciones y resultados que como sociedad nos ha dejado hasta hoy en los ámbitos político, económico y social.

La difusión de las “buenas noticias” desde los distintos medios y actores, así como de una honesta y rápida revisión de los escritos sagrados del cristianismo, señalan que el fin máximo del mensaje radica en la transformación del ser a través de la fe, en la que el individuo que la acepta consciente y voluntariamente pasa de un estado maldito y perverso a uno bendito y benigno en todas las esferas cotidianas.

Ahora bien, aun cuando las estadísticas religiosas en el país nos confirman que la filosofía judeocristiana es hegemónica, en consecuencia, la suposición existente de una transformación social sin precedentes a hechos paradigmáticos de bien; observamos, no obstante, contradicciones profundas: marcado divorcio y desvinculación entre el creer y el hacer, entre el decir y el vivir. Cuestiones que se patentizan en los elevados índices deplorables de los males visibilizados en nuestra cotidianidad, tales como pobreza, criminalidad, racismo, injusticias, impunidad, corrupción y una letanía extensa de defectos que debilitan, perjudican y descomponen el tejido social; situaciones en las que, en mayor proporción, involucra a personajes quienes, irónicamente, remarcan e imponen sus ideales religiosos como la norma sobre la que todos los ciudadanos deben regir sus vidas.

Siguiendo el planteamiento y lógica del Dr. McDowell, si las acciones del individuo se sostienen sobre sus valores y tales valores sobre las creencias ¿Realmente necesitamos de religiones o espiritualidades para ser mejores personas, si estas no han producido los efectos transformadores de bienestar en la sociedad? Diversas investigaciones han determinado que las naciones con mejor calidad de vida son quienes poseen los porcentajes más exiguos de creencias sobrenaturales, contrario a los países con una remarcada tendencia a supersticiones y fanatismos relacionados a la fe. ¿Cómo superar y comprender estas contradicciones en nuestro contexto que no nos ha ofrecido transformaciones positivas desde la imposición y sometimiento a creencias que ahora muchos defienden solamente por tradición y convencionalismos?

Próximos a un nuevo evento electoral, veremos desfilar a una antología de candidatos a la administración pública que han aprendido un maquillado discurso de cambio y transformación social, empleando incluso, con habilidad y cinismo, la fe como estrategia y herramienta de persuasión. De estos personajes, estimados lectores, debemos trazar perfectamente el tope de la línea de la manipulación y del arribismo clientelar que tanto daño ha provocado en nuestra sociedad. Los auténticos cambios inician cuando decidimos no ser parte de un sistema en el que quien transgrede es aplaudido y hasta premiado y quien procura hacer las cosas bien es tildado de idiota.

El escritor ruso Alekséi Tolstoi aseveraba: “Todos piensan en cambiar el mundo, pero nadie piensa en cambiarse a sí mismo”; y en la misma línea de pensamiento, Nelson Mandela sostenía que “una de las cosas más difíciles no es cambiar la sociedad sino cambiarse a uno mismo”

Gabael Otzoy

@ogabael

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