-Entrelineas- El abuso a una niña me apaga un poco

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La muerte, el abuso, la violación sexual de una niña, de una joven, me apaga un poco el corazón y me llena de una incontrolable indignación que ese hombre-bestia que arrasa con todo a su paso.

Es terrible lo que está ocurriendo en muchos lugares de Guatemala, donde las niñas son víctimas de violaciones de parte de sus más cercanos familiares. En unos casos se trata de los propios padres, en otros de abuelos, tíos, hermanos, maestros y gente vinculada a las iglesias como son los pastores y los curas.

Y lo peor de todo es que ellas que son las víctimas terminan siendo las victimarias. ¿Se puede creer semejante absurdo?

Hay que ser valiente para denunciar al violador…

Sabemos de casos donde las niñas que se atreven a denunciar los abusos, resultan siendo insultadas, y hasta golpeadas por las madres que no quieren aceptar que en sus propias narices, el esposo y padre, viola sexualmente a su hija o, a sus hijas.

Si se le pregunta a los expertos dirán que esto se debe a que las mujeres no quieren que se lleven preso al marido porque éste ya no les dará dinero para el sostén de la familia.

A lo mejor, agregarán, es por el miedo a que son sometidas las mujeres de la casa por ese hombre enfermo que domina con violencia al núcleo familiar, donde incluso ha embarazado a su hija la cual tendrá un niño que será hijo y nieto a la vez.

Las niñas sufren mucho cuando pasan los mejores años de sus vidas en manos de estos salvajes familiares que las convierten en sus objetos sexuales.

Como periodista no nos vamos a cansar de denunciar de manera pública esta realidad donde, a pesar de los esfuerzos que hacen distintas organizaciones sociales, el número de mujeres abusadas sigue en aumento.

A pesar que se aprobó la ley del femicidio que contempla duras penas a los violadores, esto es algo que no llega hasta el interior del país, donde en las áreas más alejadas del casco urbano, los hombres son amos y señores de sus hijas.

Como periodista da cólera el cubrir estas noticias y más aún, cuando luego de hecha la denuncia nos encontramos con que las personas que han tenido la valentía de defender a sus familiares más pequeñas, resultan amenazadas y acosadas por gente cercana a esos degenerados.

A esos abusadores de niñas y adolescentes deberían no solo darles duras penas de cárcel, a lo mejor con castrar a un par de estos enfermos, se podría pensar en frenar un poco la práctica de violar a las mujeres.

Sé que es iluso de mi parte pensar en la castración como castigo. Es que me siento tan frustrado y enojado que no se me ocurre qué otro castigo merecen esos desgraciados.

Los periodistas tenemos la dicha de estar cerca de las cosas lindas del ser humano, aunque también en la cercanía de esa parte oscura del hombre, la más odiosa, la que lo aleja de los seres humanos y lo acerca a lo peor de la especie animal.

El daño a una niña violada dura toda la vida. Las huellas en su cuerpo a lo mejor se cubren con el tiempo, pero el daño en su mente será para siempre. Si cuesta salir con ayuda profesional, inmaginemos aquellas mujeres que no tienen acceso a ese tipo de apoyo…

Esos hombres que abusan de las niñas y adolescentes son enfermos que necesitan orientación, algo que es difícil porque ellos no reconocen tener este problema. Aunque esto no debe servir de justificación para nadie, menos para la propia esposa y a la vez madre.

Si no se hace algo por frenar esta triste situación el número seguirá aumentando cada año, lo cual quizás no le importa a los que no se ven afectados, pero sí a las víctimas directas e indirectas.

Lo que sí hay que destacar en esta columna, son las miles de mujeres, valientes, decididas, íntegras, que denuncian ante las autoridades a los adultos, cuando se dan cuenta de lo que está ocurriendo bajo el techo de su casa.

Esas madres sin importar el quedarse solas, defienden como leonas a sus hijas. Se enfrentan a esos hombres guiadas por el furor del desengaño, del dolor de ver cómo el esposo transpasa la línea de la moral y la integridad.

El padre debería ser la figura de la protección, del cuidado, del amor y la paciencia para guiar a esas pequeñas niñas que desde allí, en el seno de sus hogares, forman el camino que las guiará por la vida.

Los papás son fundamentales junto a las madres, para juntos forjar hijas que puedan transitar por la vida sin la angustia que dejan los hombres degenerados que lastiman para toda la vida a sus hijas.

Siento, en lo personal, un profundo rechazo al hombre que cuando se convierte en padre, empieza a ver a su hija como mujer y no como el  ángel que se le dio para cuidarla y amarla con el corazón y jamás con el cuerpo.

Haroldo Sánchez.

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