-Entrelineas-El inmenso dolor por la muerte de un hijo

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Voy a empezar esta columna como una especie de plática íntima sobre el dolor que cualquier padre o madre, puede sentir ante la muerte violenta de un hijo. Esto es algo que afecta a diario a miles de guatemaltecos con quienes quiero ser solidario en su dolor y angustia.

-Ahora me doy cuenta que es muy duro e inaudito traer hijos al mundo para verlos morir y enterrarlos. Ante este dolor que me traspasa solo sé que la desdicha nunca ha acompañado a ningún hombre de poder ni a ningún criminal. El mal habita en sus almas sin que por desgracia lo perciba… Lo vive y lo padece, el inocente.

Ante la incertidumbre de un hijo asesinado, estoy convencido que la política no es otra cosa que la continuación del crimen por otros medios.

La tristeza jamás se irá… se pega a la piel

Frente al asesinato de ese ser querido, (un padre, una madre, un hijo) murió de tristeza. Se encerró en su casa. No hubo manera de sostenerle la esperanza. Tampoco alcanzó el amor para retenerla. Es que hay agotamiento de cualquiera esperanza.

Muchas veces, ante esa ausencia, solo se tiene el aroma del sufrimiento y el sabor de la muerte y de la ausencia.

Bajo estas circunstancias, hay momentos tan duros que habitar el mundo se vuelve infernal. Incluso se resquebraja la fe y cuesta que de allí emane la fuerza para sostener la vida.

Cuando se nos golpea tan duro con la muerte violenta de un ser amado, se está solo frente al abismo, sin dónde agarrarse.

El silencio y la soledad se funden duro en el corazón y pienso: quiero encontrarte en mi mente cada día. Encontrarte para que le des calor a mi alma partida. Quiero, tan solo, regresarte.

Cuántas veces busco que el silencio en mi interior sea absoluto y sentir el eterno equilibrio de la vida en mi cuerpo. Deseo acabar con las disputas familiares, ya sean políticas o económicas, en rencillas e intolerancias que acaban en separaciones, resentimientos y en crímenes.

Es que el mal proviene de la incapacidad del hombre que se aferra a su pequeño espacio de ego, que no se mueve por cambiar su pequeñez.

Vi su cuerpo destrozado por las balas, entonces, la vida que se conocía, las certezas que se tenían, se hacían añicos ante el absurdo.

Es que cuando el mal nos alcanza, las cosas simples y complicadas de cada día pierden su valor, su significado y dejan de tener su vitalidad. Es como si de pronto nos metieran en un sitio oscuro donde la realidad se hace humo, se escapa de las manos, se evapora.

Mientras el resto se vuelve indiferente, silencioso, mudo, uno tan solo desea salir de ese encierro mental que nos aprisiona y nos aleja de todos. El dolor se hace insoportable, pero al mismo tiempo se convierte en el inseparable nuevo amigo que no quiere dejarnos ni alejarse.

Es como si la violencia a lo largo de toda la historia de la humanidad se adueñara de cada partícula del cuerpo y se concentrara como un clavo martillado por el dolor sordo, irascible, y terrible al que caemos rendidos como si de un extraño Dios se tratara.

De nada sirve el amor cuando la muerte de un ser querido arrebatado por la violencia se lleva nuestra mas clara ternura, esa que nos hace vivir sin pensar que ese sentimiento puede ser arrebatado por la maldad del hombre que no sabe en qué momento se convirtió en sicario de su propia gente. Son esos que ya no merecen ser llamados hombres.

Es que la tristeza es algo que duele como si fuera algo físico. ¿Saben qué es la tristeza por un ser amado que muere a manos de otros? Es parecido a un intenso frío que nunca se va.

Enterró más que a su hijo, enterró sueños, temores, alegrías, deseos de aquel que tenía que enterrarlo, contar historias a sus hijos, sus nietos, para contar del abuelo al que enterró y le dejó como legado su amor. Pero ese mundo al revés le dice que aquello de que el hijo entierra al padre, tan solo es ahora un dicho sin sentido.

Al final la presencia del mal se impuso por sobre todo el amor al hijo arrancado así, con violencia y desamor. Al morir nuestro hijo sale dentro nuestro el niño indefenso que se funde dentro nuestro en esa soledad que tiene su nombre.

Cuando el mazazo del dolor te alcanza, ya no se comprende la vida ni la alegría de los demás. Cada día se intenta estar vivo en el silencio, con algo que ya no tiene palabras y solo se experimenta.

A veces con mucha cólera, pienso que en lo único en que me puedo parecer a Dios, porque jamás podré ser como Él, es por el dolor intenso que tuvo que sentir cuando asesinaron a su hijo en una cruz.

Al final, solo se que él, mi amado hijo, fue víctima de hombres llenos de odio, de prepotencia, carentes de sentimientos que se creen dueños de los demás. Es tan duro ahora todo, que tengo que luchar por no seguir pensando que el único lugar dónde puedo estar es junto a él, es ocupando un espacio en una tumba pegada a la suya.

Solo yo sé cuánto me cuesta levantarme cada día y empezar a caminar en un tiempo sin luz ni alegría.

Haroldo Sánchez

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