-Entrelineas- El suicidio, valentía o cobardía

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El dolor era tan profundo que no encontraba la forma de pensar con claridad. Desde que la muerte se llevó a su hijo nada podía ayudarlo. Se refugio en el silencio de su mente. Dejó atrás a sus amigos. No quería hablar con nadie y, lo peor, nadie quería hablar con él. No sabían qué decirle y agradeció el distanciamiento porque tampoco deseaba estar repitiendo su historia.

Su hijo era todo para este hombre. Su madre murió al nacer y decidió cuidarlo como una especie de homenaje a la mujer que la vida le regaló. Se conocieron cuando tenían cuatro años. Ambos estudiaron en párvulos. Y siguieron juntos toda la primaria, la secundaria, el bachillerato y la universidad.

Se hicieron novios como algo normal. Se amaron desde el primer día cuando los sentaron juntos en esas pequeñas sillas y nunca más se separaron. Al salir de la universidad, él como arquitecto, ella como abogada, se casaron. Ya tenían años viviendo juntos y tan solo esperaban terminar sus estudios para darse el sí frente al altar.

Fueron felices. Siempre lo fueron. Luchaban todos los días por salir adelante y cuando ella le anunció que estaba embarazada, su felicidad no tuvo límites. Fueron nueve meses de una intensa y genuida alegría que los unió aún más.

Dicen que nada es eterno más que el tiempo…

Pero como todo en la vida, la felicidad no es eterna, tampoco la vida. El parto fue muy complicado y la mujer no sobrevivió, eso sí, trajo al mundo a un niño sano. El golpe de su muerte fue devastador para el esposo. El cielo se tiñó de negro y solo logró sobreponerse al escuchar el llanto del pequeño, cuando se lo entregó la enfermera para que lo cargara por primera vez.

Con el paso de los años apenas recordaba los días después de la muerte de su esposa. No tenía memoria con respecto al entierro. Fue como estar y no estar. Una neblina cubría aquellos días. Siempre pensó que la razón para ese desapego fue lo que lo salvó de la locura. Su mente funcionaba por inercia. Se dejó llevar por la tristeza y su vida se hizo más dura de lo normal.

Lo único que lo obligaba a salir de la cama era el pequeño. Ese hijo que se convirtió en la principal motivación para dar el siguiente paso. Se dedicó con plena conciencia a cuidar a su pequeño hijo. Se prometió que lo haría un hombre de bien y que como un homenaje a su amada, haría que dónde ella estuviera, se sintiera orgullosa de ambos: de él y su hijo.

Pero la vida tiene tantas vueltas. Unas que se entienden, otras donde no se encuentra la luz para comprender el por qué de las cosas. Por más que lo llenó de amor, que nunca buscó una madre sustituta, ahora pensaba que esa falta de la figura materna se convirtió en un vacio que se comió a su muchacho.

Cuando llegó a la adolescencia empezó a drogarse, se juntó con los chicos más complicados del colegio y pronto las llamadas de la Dirección formaron parte de su entorno estudiantil. Hasta que lo expulsaron al pegarle al maestro de matemáticas.

Su camino fue cuesta abajo. Lo último fue cuando resultó involucrado en un grupo de asaltantes en moto. Y una mañana cuando atracaban un bus extraurbano, fue detenido por la policía. El padre vivió así los peores momentos de su existencia.

La depresión se adueñó de su ser. Le costaba ir a trabajar. Se volvió taciturno, amargado, y la tristeza se reflejaba en sus ojos cansados y marchitos. Nunca más volvió a ser el mismo hombre.

Una mañana le despertó el timbre del teléfono. Una voz fría y sin emoción, le dijo que le hablaba de una funeraria, para prestarle servicio por la muerte de su hijo en Pavoncito. Lo había descuartizado una banda rival.

El hombre no atinó a responder. Tan solo colgó el teléfono y buscó la cama como último refugio. Su mente se dividió en pequeños pedazos. En unos danzaba la imagen de su esposa, en otros, el pequeño que acuñó en sus brazos tratando que durmiera. Era un ángelito, tan lindo que le llenaba los ojos de lágrimas.

Cayó en un pozo de depresión. Como un autómata hizo los trámites para enterrar a su único hijo. No supo que responder cuando fiscales del Ministerio Público le hicieron una serie de preguntas sobre la vida del fallecido.

Estaba allí, sin estar. Dejó de comer. De dormir. De bañarse. De vivir. Le creció la barba, dejó de ir al trabajo, al conseguir un permiso especial por duelo, algo que le duraba ya una eternidad.

Nunca supo si fue de día o de noche, cuando empezó a filtrarse en su atormentada mente la idea del suicidio. No tenía esposa, ni hijo. Tampoco padres, porque murieron cuando era un adolescente en un accidente de tránsito camino a la Antigua Guatemala.

Solo contra el mundo, así se sentía. Sin razón de vivir. Y la muerte se fue abriendo paso en su frágil y ya enferma estructura mental. Ya no quería pensar. Solo acabar de una vez por todas con ese dolor tan irreal pero presente.

Una mañana caminó hasta el puente El Incienso. Lo atravesó de punta a punta. Daba pequeños pasos. Sin importarle el viento que lo movía de manera imperceptible pero fuerte. Menos le importaba el tráfico tan denso de ese sector.

Recordó que cuando iba a la iglesia el cura insistía en que el suicidio era el peor pecado que un ser humano podía cometer. Que había que aceptar los designios de Dios por más duro que fueran. Aún resonaba en su desquiciada mente que solo los cobardes preferían la muerte por su propia mano, porque vivir por más dificil y duro que fuera, era de valientes.

Y entonces se dijo: cobarde no soy, lo que ocurre es que ya no quiero vivir. Y si existe Dios sé que me comprenderá. Regresó al centro del puente, se subió a la baranda y no escuchó los gritos de los pilotos que detenían sus vehículos.

Llegó a lo alto de la malla y solo pensó que al final estarían esperándolo su esposa y su hijo. El grito que se escuchó fue de los testigos, porque él tan solo sonreía mientras caía por el vacio.

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