-Entrelineas- El poder y el dinero vuelve loco a cualquiera

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Hay gente que pasa toda la vida luchando por conseguir que sus sueños se hagan realidad. Y entre esas personas hay quienes sueñan cada día por llegar a poseer dinero. Mucho dinero. Y está bien tener esa aspiración. Lo malo es que para hacer realidad esos deseos, no les importe la forma de cómo lo consiguen.

Yo siempre repito que aquello de que “el dinero no da la felicidad”, solo lo repiten los que nunca lo han tenido. Bromas parte, la realidad es que con dinero la vida puede ser mejor para cualquiera. Da muchísimas posibilidades al que lo posee. Lo contrario es para quien vive al día, lleno de deudas y con poco salario.

Así que es válido el querer tener dinero para poder vivir con comodidad, sin estrecheces y sin la incertidumbre diaria que viven aquellos que en el bolsillo no tienen más que para pasar el día. O, ni eso. En Guatemala hay millones de personas que trabajan duramente para sobrevivir y poder disfrutar de una vida digna. A esa gente le cuesta ganarse el sustento, ya sea como empleado o como empresario honrado.

En ese panorama se incrusta esa otra especie humana que aspira a tener lo que no se le dio por herencia: dinero, mucho dinero. Pelean a diario por una fortuna que sin importar cómo se consigue está allí a la espera que ellos metan la mano donde sea, sin importar las consecuencias.

DIFERENCIAS ENTRE SECTOR PUBLICO Y PRIVADO

En el sector privado se puede llegar a triunfar y ganar bien. El éxito profesional requiere dedicación, esfuerzo, trabajo, entrega, responsabilidad, ética y principios.  En lo privado, se escala a mejores puestos a través del reconocimiento al trabajo bien realizado.

En el sector público se puede llegar y ganar bien. No se requiere una gran capacidad, ni siquiera tener un título académico. Menos aún, ser honrado. Así que las puertas son muy grandes para cualquiera. En el sector público se está, en la mayoría de casos, cuatro años contratado o designado por el partido, por el presidente, el ministro, el diputado y el alcalde, o bien por los amigos, los cuates.  Y se entra a un círculo vicioso de corrupción: se trabaja poco y se puede llegar a ganar millones.

Eso sí, hay que repartir parte de ese dinero con el jefe inmediato, quien a su vez o bien se queda con todo o envia una parte a su superior. Hay casos en los que el sueldo se debe partir en dos: una para el empleado otra para el jefe. Lo peor es que existe esa filosofía entre los que llegan a trabajar al gobierno, de que “el que no sale de pobre en cuatro años, es un baboso”.  De esta manera la cultura del robo se hace “normal”.

Cuando hay alguien, esa excepción a la regla, que llega para de verdad trabajar, rápido es señalado de tonto. De un enemigo de la clase obrera gubernamental. Y sufre la discriminación del resto y de que hay que tener cuidado con él.  Así es como funciona toda esa estructura del sector público. Vayamos a los departamentos, a los municipios donde el rey es el diputado y en segundo lugar, el alcalde.

Ellos también tienen ese séquito de gente afín a ellos que hacen que una administración de cuatro años, sea de lo más prolífica en cuanto a cumplir ese sueño de hacerse millonario de la noche a la mañana.

Nuestro país es uno más en el ámbito latinoamericano, donde la clase política, en su gran mayoría, que no todos hay que aclararlo, saquea al Estado. Casos como el de Brasil, Argentina, Nicaragua, Venezuela, México, por mencionar algunos, nos dicen que Guatemala en esto no está tan solo. Solo hay que darse una vuelta por cada una de esas naciones y si salen de las grandes ciudades, encontrarán la misma miseria que existe en nuestros pueblos cercanos y lejanos.

Sin ir más lejos, en las comunidades basta observar cómo les cambia la vida a los funcionarios públicos. Antes vivían con las típicas limitaciones de la clase media. En cuatro o bien ocho años, si bien les va, se transforman en vulgares millonarios.

Hay tres cosas que no se pueden ocultar: estar enamorado, ser tonto y el tener dinero.  Así que para ustedes no será difícil determinar al que antes no poseía ningún bien, y al llegar al gobierno o la municipalidad, de repente puedo comprar de todo. Ropa. Carros. Casas. Fincas. Caballos. Muebles de lujo. Dinero en el banco (aunque esto es más difícil de verificar). Doble vida. Hoteles cinco estrellas. Restaurantes de gente adinerada. Viajan en primera clase. Cruceros.

Ese mundo “perfecto” resulta mucho mejor que los sueños de antaño, cuando no se tenía nada… Al final, las aspiraciones de tener dinero parece que se hacen más rápido entre los políticos. Ellos solo necesitan unos cuantos años para pasar de medio vivir a vivir a plenitud con el dinero del resto de ciudadanos.

Rico, ¿no?… Olvidemos los principios, los valores, el llegar a gobernar para sacar a las inmensas mayorías de sus problemas. Eso no tiene importancia, tan solo es el medio de obtener el puesto. Esa gente pobre, que vive en la miseria, solo tuvo importancia cuando ellos salieron por las carreteras y los caminos, llegar a los pueblos, las aldeas para buscar el voto que les iba a encumbrar.

¿Rendir cuentas? ¿A quién? Cuándo. ¿A la población…? Bueno, eso sería lo ideal, pero no es más que una ilusión. Los funcionarios que llegan con una mano adelante y otra atrás, luego se zambullen en el bajo perfil y disfrutan de todo lo que se roban sin que tengan el más mínimo sintimiento de culpa.

Al final, quiero decir lo siguiente: nada en la vida es una regla. Y dentro de los trabajadores del Estado hay sus grandes y destacadas excepciones. Gente honrada y trabajadora que llega cada día a sus puestos de trabajo, no para robar, sino para servir. Lástima que sean los menos. Pero que existen, existen…

Haroldo Sánchez

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