Revolución de Octubre, “I Parte”.

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En palabras simples y cotidianas, el término “revolución” supone una evolución previa, es decir, una realidad anterior a otra, realidad que produjo cierto desarrollo o evolución, pero que andando el tiempo dicha evolución se detiene y consecuentemente produce la necesidad de una “re-evolución” o “revolución”, es decir una acción que supere los logros alcanzados en una etapa anterior.  En la primera mitad del siglo pasado, más concretamente, a inicios de la quinta década, la población guatemalteca se enfrentaba a uno de los gobiernos más tiranos de su historia, el General Jorge Ubico tenía al pueblo bajo el peso de la bota militar, y en su afán de endiosamiento y deseo de mantenerse en el poder, había instituido leyes que favorecieran su permanencia como  Jefe de Estado.

Un hecho muy importante es que, el 22 de enero de 1932 en El Salvador se había producido una sublevación de los campesinos, levantamiento que fue rápidamente reprimida por el gobierno de ese país, que masacró a entre diez mil y treinta mil campesinos.

Temiendo que en Guatemala se produjera una situación similar, la élite guatemalteca buscó a un líder que los defendiera de los vientos fuertes que entonces estaban soplando en la región, ese hombre era precisamente Jorge Ubico, que con su fama de eficiente y hombre cruel como gobernante, recibió el apoyo de la embajada de los USA, de esa suerte, en febrero de 1931, fue electo presidente, con el detalle de que él había sido el único candidato.

Ubico  se distinguió por la ferocidad con que imponía sus ideas, sus delirios de grandeza eran enormes, hombre fanfarrón creía que el país era su finca privada, a sus subalternos les decía ¡Mucho cuidado! “yo soy un tigre y ustedes son unos monos”.

Cansados de las arbitrariedades soportadas por más de una década,  estudiantes, y profesionales así como la población citadina se fue organizando y, finalmente, el 1 de julio de 1944 Ubico renunció al cargo, ocupando su lugar otros tres generales; Federico Ponce Vaides, Eduardo Villagrán Ariza y Buenaventura Pineda, posteriormente Ponce Vaides fue electo de forma anómala para asumir la presidencia, finalmente, por la tarde del 20 de octubre, Ponce Vaides fue sacado de la presidencia, como se dice en buen chapín, a sombrerazos. Daba inicio la “RE-EVOLUCIÓN” del país.

El 24 de octubre, Ubico voló a Nueva Orleáns USA, donde comenzó a reclamar al gobierno de los Estados Unidos respecto a sus propiedades que habían sido confiscadas en Guatemala. Murió en Nueva Orleáns el 14 de junio de 1946.

La revolución del 44 fue una revolución atípica, porque por primera y única vez en la historia de Guatemala los trabajadores urbanos, la clase media y el cuerpo de oficiales del ejército se habían unido en la búsqueda de la democracia.

La construcción de esa democracia requería la presencia de una persona con talento y la preparación necesarias, y ese personaje era el Doctor Juan José Arévalo, quien para entonces residía en Argentina, su candidatura a la presidencia fue promovida y secundada con entusiasmo por varios grupos políticos, sindicatos y agrupaciones culturales. Al realizarse los comicios presidenciales del 17 al 19 de diciembre de 1944, obtuvo un triunfo abrumador del 85% de los votos contra el 6.7% de su más inmediato contendiente, el Licenciado Adrián Recinos. Asumió el cargo como presidente de la República el 15 de marzo de 1945.

La visión de estadista del Doctor Arévalo le permitió avances nunca antes vistos, reapertura de escuelas normales (que Ubico había mandado cerrar), creación de la Escuela Normal La Alameda en Chimaltenango, creación de las escuelas Tipo Federación, implementación de un sistema de becas para jóvenes de los departamentos, aprobación de la Ley de escalafón magisterial, implementación de bibliotecas, apoyo a las asociaciones culturales, círculos de escritores, revistas, fundación de la Facultad de Humanidades de la USAC, implementación del Código de Trabajo, creación del IGSS, libertad para votar, para expresar opiniones personales, para leer una mayor variedad de libros y periódicos, etc.

Algo esencial que faltó al gobierno de Arévalo fue la nacionalización de las tierras, muchas de las cuales eran posesión de grandes compañías extranjeras como la United Fruit, la International Railways of Central America IRCA, etc., la razón era simple, Arévalo provenía de una familia de terratenientes de clase media, en un discurso del año 1945 el presidente había dicho “En Guatemala no hay un problema agrario, el problema es que los campesinos han perdido las ganas de labrar la tierra por las actitudes y políticas del pasado”, palabras que se interpretan como una justificación falaz del primer gobernante de la era revolucionaria.

Ahora bien, un tema álgido en Guatemala es la expresión “Revolución”, de hecho, en el país ha habido algunas revoluciones o quizá varias, pero revoluciones sin los alcances sociales necesarios, por ejemplo, la Revolución de 1870 llamada “Revolución Liberal”, encabezada por Justo Rufino Barrios y Miguel García Granados; produjo varios cambios de carácter económico  pero como siempre, para beneficiar a los eternos propietarios de los medios de producción, que es la razón y raíz de la pobreza, miseria y confrontación de cualquier sociedad, de tal manera que si se quiere hablar de una verdadera revolución, debemos decir que la única, verdadera y real revolución guatemalteca no dio inicio el 20 de octubre de 1944, sino el 17 de junio de 1952, en esta fecha se preparó y promulgó el proyecto de Ley de la Reforma Agraria, esto fue una bofetada en el rostro de los “gringos”, porque en primer lugar, con esta ley se afectaba los negocios de la United Fruit, la International Railways of Central America,  las tierras ociosas, etc. El gobierno se comprometió a pagar las tierras embargadas conforme al valor con que se habían registrado, no según el valor que los propietarios latifundistas les estaban asignando.

Como era de esperarse, los sectores afectados comenzaron a atacar al gobierno, a estos grupos se unió como era de esperarse la Iglesia Católica, que en ese entonces estaba encabezada por el Arzobispo Mariano Rosell y Arellano, quien pidió a todos los presbíteros que desde el púlpito, pidiera a los fieles condenar el decreto juntamente con el gobierno, toda vez que el presidente era comunista y el comunismo era contrario a la fe católica, el discurso que los clérigos debían transmitir a los fieles era, “si ahora el gobierno les está quitando las tierras a los ricos, posteriormente les quitaría las esposas, los hijos y cuanto pueda  a los pobres”.

Como fruto de esta prédica, los fieles asumieron la actitud confrontativa y de condena al gobierno, un dicho común en esa época y que fue utilizada hasta hace poco (probablemente los abuelos que pasan los ochenta años todavía piensen de esa manera) , es que si se quería ofender groseramente a una persona, bastaba con decirle que era “comunista”, en una interpretación más común, decirle comunista a una persona equivalía decirle que era el “diablo”, y decirle diablo, era sinónimo de decirle enemigo de Dios, traducido lo anterior al imaginario idiomático de aquel entonces,  significaba que si una persona simpatizaba con el gobierno, tácitamente era enemigo de Dios y consecuentemente estaba destinado al infierno.

Eduardo Tuyuc C.         

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