Revolución de Octurbre, II Parte

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“Vale la pena morir por todas aquellas cosas, por las que no vale la pena vivir”

  1. Allende

Con sus luces y sus sombras, el Decreto 900 (Ley de Reforma Agraria) pretendía transformar al país, de un sistema de economía semicolonial, en una nación de economía independiente, de una  economía predominantemente feudal, en un país capitalista moderno. La implementación de esta ley era una auténtica revolución social, se rompía las relaciones de producción, cuya hegemonía la ostentaban básicamente compañias foráneas,  se dignificaba el trabajo del obrero e incluso se le devolvía la tierra que otrora había pertenecido a sus antepasados. Obviamente que este cambio causó escozor en los terratenientes, especialmente en los latifundistas extranjeros, quienes ni lerdos ni perezosos buscaron el apoyo del gobierno gringo, de la Iglesia y de todas las instituciones que comulgaban con sus intereses.

En esencia el decreto 900 contenía la disposición de embargar las tierras a los latifundistas que las habían adquirido de forma fraudulenta, y se las debían entregar a los campesinos pobres que las necesitaban, para cultivarlas y sobrevivir como propietarios y no como esclavos en su propia tierra.

Un dato anecdótico es que, para contrarrestar el fantasma del supuesto comunismo del que se tildó al gobierno del Coronel Arbenz Guzmán, el Arzobispo envió una copia de la imagen  del Cristo Negro de Esquipulas a una larga peregrinación por todo el país. En ese ambiente de ataques contra el gobierno, el presidente Arbenz cometió el error de conceder al ejército ciertas prerrogativas para mantener su lealtad, tales como la expansión de las cooperativas militares establecidas por Arévalo, en donde los oficiales adquirían ciertos artículos a precios bajos, las cuales se corrompieron cuando los oficiales empezaron a comprar más de lo que necesitaban para venderlos a precios mayores, este fue, por otra parte, el primer instrumento de política relacionada a los militares por parte de Arbenz, “malcriar al ejército para conservar su amistad” situación que no ocurrió, porque los oficiales lo abandonaron cuando más los necesitaba, cumpliéndose el famoso dicho de “mal paga el diablo al que bien le sirve”.

Como consecuencia de la promulgación del Decreto 900, los hermanos Dulles, miembros del Departamento de Estado de los Estados Unidos Anglosajones en América, iniciaron un plan de desestabilización del gobierno del presidente Arbenz, para cuyo propósito buscaron el apoyo del Departamento de Estado, el cual utilizó todos los medios económicos, políticos y bélicos para provocar la caída del gobernante guatemalteco, (por cierto que el aeropuerto de Washington D.C. se llama John Dulles, en honor a este perverso personaje que se encargó de acabar con los sueños del que según mi opinión, es el único presidente digno que ha tenido el país).

El gobierno de los “gringos” envió al país un pequeño contingente de marines, quienes con la ayuda de una emisora clandestina se encargaron de crear una psicosis en el ejército y en la sociedad en general, haciendo creer tanto al gobierno como a toda la población, que desde el oriente del país se encaminaba un gran ejército de mercenarios que se encargaría de destruir al ejército nacional y sacar por la fuerza al presidente. El aliado de este grupo de mercenarios fue el Coronel Carlos Castillo Armas, que posterior a la caída de Arbenz, fue proclamado presidente del país, pero que duraría en el poder únicamente dos años y algunos meses, de hecho los “gringos” lo tomaron como conejillo de indias, porque les sirvió momentáneamente y luego lo asesinaron para colocar en su lugar a otro más conveniente a sus intereses. Los invasores decían de Castillo Armas que “era el asno” que transportaba la carga y que una vez que ésta estuviera en el lugar correspondiente se desharían de él, lo cual efectivamente ocurrió.  Por supuesto que el gobierno no se cruzó de brazos, e hizo hasta lo imposible de mantenerse en pie, incluso se trató de ubicar la emisora que transmitía los mensajes a favor de los rebeldes, cosa que nunca sucedió.

Por cierto que hace algunos años, en un veinte de octubre, presenciando una exposición de pinturas en el Palacio Nacional de la Cultura, le explicaba a uno de mis hijos lo ocurrido en la época que nos ocupa, y le decía que se suponía que la emisora en mención estaba instalada en Mixco, Villa Nueva o en algún lugar aledaño, una persona de unos ochenta años se me acercó y en aras de corregirme me indicó que él había vivido a plenitud la época, y que la razón de que nunca se hubiera localizado la emisora, es porque la misma estaba instalada en casa arzobispal y a ese sitio no podía ingresar nadie más que los del gremio, tiene sentido, ¿No?

Ante tantos atropellos y consciente de que era incapaz de enfrentar el torbellino que lo envolvía, el presidente Arbenz renunció el 27 de junio de 1954, hablando “con una voz emocionada, se despidió del pueblo guatemalteco diciendo “Les digo adiós, amigos míos, con amargo dolor, pero firme en mis convicciones”.

En el aeropuerto lo obligaron a desnudarse, mientras se desvestía y entregaba la ropa a los funcionarios de migración, los periodistas y fotógrafos se agolpaban a su alrededor, entrega del saco, del pantalón, etc., mientras duró la humillación, permaneció tranquilo, impasible, finalmente se fue de su país con dignidad.

Concluía así la llamada primavera democrática guatemalteca, cuyos logros habían sido fruto de la lucha del pueblo y de sus únicos gobernantes que en realidad estaban capacitados para hacerlo, que eran estadistas, visionarios y comprometidos con la población. Por supuesto, la élite  carroñera de la sociedad nacional traicionaron el espíritu de la lucha realizada, a la vez que derogaron inmediatamente los logros obtenidos por el segundo gobierno revolucionario.

Se entiende la osadía de Arbenz de haber decretado la Ley de Reforma Agraria, porque al fin de cuentas, él no pertenecía a la oligarquía criolla de la época y consecuentemente, ni le afectaba ni podía actuar con contemplaciones con los explotadores, extranjeros y nacionales.

En el año 1970, estando en el exilio le dijo a un periodista “Mi deseo es vivir mis últimos momentos cerca de Guatemala”. Murió en soledad el 27 de enero de 1971.

Sueño: “tal vez algún día el pueblo otra vez pierda el miedo, se vuelva a levantar, recobre su dignidad y en un acto de hidalguía, se vuelva a unir, salir a las calles y luchar por el sueño arbencista de mandar al carajo el sistema opresor, injusto y esclavista, que al igual que hace 75 años, mantiene al pueblo en la pobreza y la miseria”. Que así sea.

Eduardo Tuyuc C.

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