Siglo XXI, el eufemismo de la libertad

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¿Qué es la libertad? ¿Qué motiva en el ser humano el deseo de libertad? ¿Para qué sirve la libertad? ¿El deseo de libertad es exclusivamente humano? ¿Qué relación tiene el ansia de sumisión de unos y el apetito de poder de otros? ¿La libertad tiene límites? Si los tiene, ¿quién o quiénes los determinan? ¿Se puede manipular la libertad?  Muchísimas más preguntas como las anteriores, pueden ser agregadas para el análisis mínimo de la presente temática.

Libertad es una palabra que puede ser utilizada o acomodada a los intereses de personas, grupos, ideologías, religiones, teorías de mercado, etc., en sí, la palabra libertad se ha utilizado como una herramienta de control social que encubre y hasta justifica la pobreza, injusticia, miseria, guerras, etc.

Libertad de expresión del pensamiento, libertad de locomoción, libre mercado, libre comercio, libertad de palabra, elecciones libres, libre albedrío, libre acceso a la información, libertad de conciencia. San Agustín de Hipona habla de dos términos: libertad y libre alberío, para él, el libre alberío es la capacidad que posee el ser humano de obrar voluntariamente, de actuar de tal o cuál modo, de tomar decisiones, el libre alberío está orientado hacia el mal, como consecuencia del pecado original, lo que impide al ser humano dejar de pecar. La libertad en cambio, es la capacidad humana de hacer el uso correcto del libre albedrío y elegir el bien.

Como se evidencia, la libertad gira alrededor de dos términos opuestos, el bien y el mal. Sin entrar en mayores detalles o confrontaciones filosóficas históricas, por simple referencia  podemos remontarnos a la aristocracia griega y a su portavoz, el  poeta megarense Teogonis, quien hace una apología de los términos bueno y malo, definiendo lo bueno como devenido de la aristocracia, o de la nobleza, de hecho, nobleza etimológicamente significa “alguien que es”, que es real y verdadero, significado al que se agregan “los poderosos”, “los señores, “los que mandan”, “los ricos”, “los propietarios”, “ etc., en tanto que malo significaría miedoso o cobarde, término con el que se definía al plebeyo, al  pobre, al  desheredado, al de de abajo, que al final resultaría siendo “el que no es, o el que no existe”.

Con el tiempo, estas ideas fueron cuajando en la sociedad de entonces  hasta nuestros días, a los de arriba se les permitió todo tipo de arbitrariedades, convirtiéndose prácticamente en aves de rapiña que convierten en carroña todo lo que está a su alcance, y a los de abajo, se les convirtió en polluelos o corderos, cuya única función es la de servir de alimento a los de arriba.

El de arriba es bueno cuando esclaviza, pisotea, violenta o somete a los de abajo y, el de abajo, sólo es bueno (es decir que no es malo) si no protesta, si no violenta el Status quo, si no ataca, si  no ofende a nadie, si no confronta, si no reclama, si no defiende sus derechos, si no salda cuentas. En el caso del poderoso su libertad consiste en someter al pobre, y la libertad del pobre es no darse cuenta de que le están robando o mancillando su libertad.

Una de las mayores tragedias del “hombre moderno” es asumir sin más,  que es libre, la mayoría de las personas tienen incubada en la mente y el corazón la predisposición a la esclavitud de la que se creen libres. Y es que, la modernidad y las nuevas formas de pensamiento, condenan e imponen a la humanidad a nuevas y sofisticadas formas de esclavitud y alienación, al punto de que el hombre se siente absolutamente libre sin serlo, las técnicas de control social ejercidas por un gobierno invisible han moldeado y embotado nuestras mentes,  impidiéndonos razonar lúcidamente, a la vez que han colocado costras en nuestros ojos para no  ver la realidad que nos circunda y nos absorbe.

Sin darnos cuenta, nuestros gustos son inducidos, nuestros oídos formados, nuestras ideas son sugeridas por personas a las que desconocemos y de las que nunca hemos oído hablar, los símbolos son nuestro norte, la propaganda nuestra guía, el espectáculo nuestro dios, y los supermercados  nuestros templos; cuando las personas ingresan a un centro comercial se sienten las personas más libres, sin siquiera sospechar que justamente en ese momento, se vuelven esclavas de los objetos que se encuentran a la venta, los propietarios de las grandes firmas comerciales inducen el subconsciente de las personas,  por medio de la  “neurociencia del consumidor”  manipulan y alienan los débiles cerebros de los clientes y éstos compran compulsivamente incluso lo que no necesitan. Las transnacionales se encargan de hurgar la mente, los gustos, las aficiones y los caprichos de las personas, crean las necesidades y fabrican consumidores enfermizos, todo en aras del consumo, la ganancia y el capital.

De hecho, la esclavitud oficial ha sido abolida, pero la ha sustituido una esclavitud mental de facto, dicho sea de paso, esta esclavitud mental siempre ha existido sólo que ahora aflora con mayor fuerza. Por cierto, el novelista y poeta inglés Aldoux Huxley en una conferencia dictada en 1961, se refirió a un mundo de esclavos viviendo en un “campo de concentración de la mente” en la que las personas “aman su condición de siervas” y a la vez abandonan toda voluntad de resistirse, ¿se estará cumpliendo lo predicho por Huxley?  La tecnología moderna se apodera de los seres humanos, los controla, aliena, induce y les roba su libertad. La gente joven, por ejemplo, pasa actualmente entre siete y once horas con los teléfonos móviles, ordenadores, televisores, etc., ¿no es esto pérdida de la libertad? Los primeros decenios del siglo XXI, con su entramado de tecnologías electrónicas facilita el actual proceso de esclavitud y control social, haber convertido el mundo en una aldea, a la vez, ha convertido el planeta en una prisión en la que la humanidad gradualmente va perdiendo su libertad, al punto de superar el diseño panóptico de remodelar el mundo ideado por Jeremy Bentham, y que consiste en un lugar desde el que se ve todo. Este lugar “desde donde se ve todo” puede ser un supermercado, una librería, un restaurante, etc., y el medio para lograrlo es por medio de los microchips contenidos en las tarjetas de crédito, el DPI, el celular, etc.,

Aparte del sistema de control físico de las personas, está el diseño de control mental o “el entrenamiento de la mente”, así llamado por Foucault, este modelo sirve para producir trabajadores obedientes, estudiantes inactivos, docentes acomodados, población pasiva, etc. En síntesis, los ciudadanos son seguidos anónimamente a todas partes, son controlados, observados, evaluados, valorados y hasta juzgados. En este nuevo modelo de esclavitud, el poder y la capacidad de dominación de los de arriba, crece de manera exponencial, en tanto que la libertad de los de abajo, disminuye grotescamente.

Eduardo Curruchich

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