-Entrelineas- Una decisión trascendental…

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La noche era fría. Soplaba un fuerte viento y la gente casi corría para llegar pronto a su casa. Al contrario de aquellos que buscaban lo cálido de sus hogares, aquel muchacho no quería llegar. No sabía cómo enfrentar a sus padres. Dos viejos trabajadores que habían dejado su vida en el trabajo para que su “marimba” de hijos, tuvieran una mejor oportunidad de vida.

            Era la suya una familia numerosa: once hermanos. Seis hombres y cinco mujeres. Todos estaban vivos. Él era el cuarto de aquella camada que, bajo la mano firme de su madre, habían logrado salir adelante en aquel hogar humilde pero honrado. Ella era quien llevaba las riendas del hogar.

            Su mamá tenía una venta de comida en el mercado. El padre, albañil de los mejores, de esos trabajadores que aman el olor de la mezcla, el construir de la nada, sólidas paredes, cuartos bien hechos y ver el final con aquellas casas que eran la delicia de la comunidad. La gente hablaba maravillas del viejo constructor, pero, sobre todo, de su inmensa humanidad. Honrado a carta cabal, nunca engañaba a quien lo contrataba.

            Los padres de aquel joven, eran la piedra angular que lo sostenía. Eran su ejemplo a seguir. Nunca vio a su madre alterar los alimentos que vendía. Ella decía que esa misma comida les daba a sus hijos y por esa razón, cuidaba cada detalle en su elaboración. No era como las otras vendedoras de comida que sabían uno y mil trucos para volver a poner a la venta, la comida que había sobrado, al día siguiente o muchos días más. Fueron varias las veces que escuchó que los consumidores de esos comedores, enfermaban del estómago.

            Los mejores momentos de aquella enorme familia era cuando todos estaban aún solteros, entre niños y adolescentes y se sentaban todos juntos alrededor de la amplia mesa de madera. Eran bulliciosos y disfrutaban los fines de semana cuando podían sentarse a desayunar, almorzar y cenar en familia. Su madre les hacía los mejores platillos, mientras el viejo los miraba con orgullo.

            El muchacho no quería llegar a su casa. Caminaba despacio. Sin prisa. Sumido en sus más recónditos pensamientos. Era un hijo privilegiado porque sus padres habían hecho grandes esfuerzos por mandarlo a la universidad y ahora era todo un abogado.

            El drama que lo consumía empezó hacía varias semanas. En el bufete tenía un colega, hijo del dueño, que se había hecho su gran amigo. Con él había fumado su primer cigarrillo, y también tomó su primer trago de licor. Lo llevó a donde las chicas alegres que lo hicieron hombre un sábado en la noche. Ese amigo le cambió la vida.

            El cuate era de una familia adinerada y tenía la vida solucionada. Su padre era uno de los más importantes diputados y, por lo que veía en el hijo, manejaba grandes cantidades de dinero. Nunca se preguntó de dónde venía aquel tren de vida, aunque se creía que, por el hecho de ser político, había solucionado todos sus problemas presentes y futuros.

            Su amigo le presentó al papá. Un hombre gordo, vestido en un traje de veinte mil quetzales hecho a su enorme medida. Lucía un Rolex de 50 mil dólares y zapatos de cuero traídos de Italia. “Mi hijo me habló bien de vos. Así que quiero proponerte para que seas parte del partido y en estas elecciones te voy a postular para diputado. Yo voy a poner el dinero suficiente para que te acepten y estarás en una casilla segura para ser electo”, le dijo, y sin esperar respuesta, añadió: “Serás mi protegido y pronto vas a nadar en dinero. Tendrás la vida que nunca antes soñaste. Eso sí, deberás estar a mis ordenes. Te voy a enseñar todos los trucos para hacerte millonario en cuatro años. Ya verás”.

            Eso era lo que lo tenía angustiado. No sabía qué hacer. Su vida había sido tranquila. Ganaba bien. No tenía mayores ambiciones, y estaba contento con lo logrado hasta ese momento. Sumido en sus pensamientos ni siquiera se dio cuenta que ya había llegado a la puerta de su casa.

            Entró y fue directo a buscar a su papá, quien veía televisión tomado de la mano de su esposa, rodeado de algunos de sus hermanos. Los saludó y sin dar tiempo a nada más, dijo: “¿Qué piensan ustedes que me vuelva diputado?”

            El silencio se adueñó de la sala familiar. Todos lo voltearon a ver. Hasta que el hermano pequeño respondió: “Mirá vos, estamos viendo el final de una buena película así que ese tu chistecito no llegó en el mejor momento”.

            Pero su papá se dio cuenta enseguida que hablaba en serio. “Hijo, yo no soy un hombre con educación, porque tan solo saqué el cuarto año de primaria. Pero yo los he criado a ustedes bajo los designios de Dios, de mi amor y sobre todo, de mi deseo más profundo, porque sean hombres de bien, que siempre estén con la frente en alto. Quieres ser diputado, esa es una decisión que tendrás que tomar. Eso sí, tienes que saber que si te metes en política, tendrás que casarte con Dios y con el Diablo. No hay vuelta de hoja. Sé que eres listo y que harás muchísimo dinero, pero perderás tu integridad y estarás al servicio de otros más poderosos que vos. Le venderás tu alma al mal, porque esa gente tan solo le interesa su cuenta en el banco no solucionar las necesidades de los demás. Yo te eduqué para ser gente de bien. Vos decidís”.

            Al día siguiente, llegó al bufete y presentó su carta de renuncia.

Haroldo Sánchez

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