“Vivir y morir, las dos caras de una misma moneda”

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Primera parte

“He vivido de tal manera que siento que no he nacido en vano”

(Cicerón)

Todo ser vivo lleva en sí la semilla de su propio fin, por eso mismo, todo aquello que nos alimenta también es lo que nos destruye, este es un principio ineludible e inevitable en todos los seres vivos. Antes de nacer, todas las funciones biológicas del ser humano (y de otros seres del reino animal) son realizadas por la madre, respirar, eliminar los residuos, soportar el frío o el calor, los golpes, etc., son funciones vitales realizadas por la madre del nuevo ser; pero a partir del nacimiento, el niño o la niña, para poder sobrevivir, deberá usar sus propios pulmones, corazón, estómago, riñones, etc., desde ese momento, se inicia el desgaste de todos sus sistemas, de alguna manera empieza a morir.

Compañera de toda la vida,  horrorosa, enemiga imperceptible, letal, odiosa, inevitable, temible, cruel, infalible, dictadora, impasible, detestable, misteriosa, inmisericorde; estos y quizás cientos de adjetivos más definen el sentimiento que la humanidad tiene o siente hacia lo inevitable, “LA MUERTE”, así, con mayúsculas.

Humanamente cuando se trata de considerar cuestiones como la vida y su antítesis, la muerte, todos los conocimientos, todas las ecuaciones científicas y todas las teorías filosóficas no son más que maneras de elegantes de decir “lo ignoramos”, de esa suerte, personas de todos los tiempos, algunas desde la ciencia y otras desde la fe, se han planteado los grandes interrogantes de la vida y de la muerte. La muerte es en sí misma, una crisis, la mayor de las crisis humanas, la gente cree que la muerte se alimenta de la vida, que se ensaña con la vida, que es enemiga de la vida, etc., pero, la muerte  ¿es realmente contraria a la vida? ¿No será que  ambas se retroalimentan?

El postulado filosófico de “Vivir de la muerte, morir de la vida” es una respuesta probablemente incompleta o inconclusa, pero un buen principio para entender que la muerte es parte de la vida, ambas se complementan. Entonces, como la vida está conectada con la muerte, para el humano el objetivo principal de la vida debiera ser vivirla a plenitud y no a medias, sin que esto signifique vivir una vida licenciosa, sino una vida útil, sana, divertida, plena, familiar y comunitaria, forma de vida que puede traducirse en “calidad de vida”, entendido como bienestar en el sentido existencial profundo y no únicamente en el sentido material. Calidad de vida significa calidad de la comunicación, relación afectuosa con el prójimo, con la familia, con los compañeros de trabajo y sobre todo con la naturaleza.

¿Cuánto tiempo le dedicamos a la buena vida?

Contemplar la salida del Sol en un amanecer en la playa, o sobre una montaña sentir el suave viento que huye del calor del astro rey, charlar con un amigo de tiempos ya idos, disfrutar  la caída del Sol en una tarde de verano, cuyos rayos forman imágenes caprichosas entre arreboles de nubes que simulan barcos  navegando en el mar de los vientos, figuras que alimentan la fantasía del niño que todos llevamos dentro, pero que desde hace mucho tiempo, por los distractores del mundo moderno hemos dejado de percibir. Compartir una taza de café, pasear por la calle o el parque de la mano de un (a) nieto (a), visitar a un amigo enfermo, etc.

Leer un buen libro sobre el sentido de la vida de Fritjof Capra, Raimon Panikkar o Dokusho Villalba, y en su defecto, cualquier otro libro edificante que los hay por montones;  o si se prefiere, disfrutar de los poemas de Pablo Neruda, Gabriela Mistral, Gustavo Adolfo Bécquer, o cualquier otro que de igual manera, hay muchísimos, y, como música de fondo “Las Estaciones” de Vivaldi,  “El Mesías” de Haendel, o “El Danubio Azul” de Johann Strauss. Por supuesto que también puede ser música romántica de los años setenta, para los que hemos sobrepasado el medio siglo de edad.

Como se vive sólo una vez, el reto humano debiera ser vivir la vida poéticamente, es decir, en continua admiración, alabanza, comunión y relación íntima con todo lo que nos rodea, en otros términos “vivir para vivir”, en un proceso de preparación para escalar el otro peldaño, el más alto que es la muerte, pero la muerte vista y entendida como la continuación perfecta de la vida y no como su fin. Por supuesto que para alcanzar este nivel de preparación para la vida, se debe partir de la premisa de que la muerte (nuestra muerte personal) comienza en el momento en que nacemos y que morimos un poco cada día, de hecho, todos los días nuestro cuerpo sufre la muerte de miles de sus células, las cuales son reemplazadas por células nuevas para mejor luchar contra la muerte, obviamente que esta muerte es parcial, pero muerte al fin. Un principio establece que “la vida es el conjunto de las funciones que luchan contra la muerte”.

¿Por qué la gente le teme a la muerte?

Existen muchas razones, una de las principales es el miedo y la angustia de tener que dejar todo lo que se posee, familiares, amigos, bienes materiales, cuentas bancarias, status social, etc., otra razón es el apego o fijación que consiste en creer que tanto las personas como las cosas, son para siempre, que nada ni nadie puede quitárnoslas, expresiones como: mis hijos, mis padres, mi esposa (o), mi casa, mi terreno, mi dinero, mi automóvil, mi novio (a), etc., la idea de perder lo que supuestamente es “nuestro”, necesariamente produce el miedo a morir. Otra razón puede ser el miedo a lo desconocido, la pregunta es ¿si es desconocido, por qué temerle?

Pero, nos guste o no, el momento supremo de la muerte llega, la vida que tanto amamos o, a la que tanto estamos apegados, se interrumpe en el momento menos pensado, en un momento ceremonial, en el umbral de la última sonrisa o en el dolor de la última mueca, la dignidad con la que cada uno muere, únicamente puede hallarse con la dignidad con la que se ha vivido. Nadie puede morir feliz o satisfecho, si ha llevado como se dice “una vida de perros”, de igual manera, nadie puede morir renegando o maldiciendo la vida, si la ha vivido a plenitud, dentro de los cánones sociales aceptados, por supuesto.

Probablemente el apego de las personas que más cosas tienen, les produce más miedo  de morir, en tanto que las que tienen menos o no tienen nada, están más libres de este sentimiento o temor, por ejemplo: el potentado con sus muchos bienes y riquezas, que sobrepasa los setenta u ochenta años,  tiene miedo cada vez que anochece, porque puede morir en pleno sueño, a pesar de descansar en su casa y cama de lujos, mientras que el menesteroso que duerme todas las noches bajo un puente, al carecer de todo lo esencial para sobrevivir el día siguiente, no tendrá miedo de morir porque no tiene nada que perder, quizás, morir para él sería la mayor ganancia.

Eduardo Tuyuc C.

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