lunes, mayo 27

Nace en La Mina el primer club con futbolistas federados gitanos: “Estamos rompiendo los muros” | Fútbol | Deportes

Más de una docena de jóvenes se reúnen en el pequeño vestuario. Dos filas de asientos. La mayoría de ellos son de etnia gitana y pertenecen al barrio de La Mina (Sant Adrià de Besòs, Barcelona). Pero tienen algo en común: la pasión por el fútbol y las oportunidades que este les ofrece. Ahora se están librando de estigmas y barreras culturales en el que es el primer equipo femenino federado del barrio dentro del club Tramontana. Con su fundador, Toni Porto, que les sigue desde la barrera, luchando por conseguir patrocinios y hacerse cargo de los gastos de los jugadores. El equipo nació, a última hora, en septiembre, y no pudo disputar el primer partido por no tener las fichas preparadas. Aunque la mayoría son adolescentes, juegan al fútbol 7 como aficionados, ya que algunas son mayores y también madres. “Somos guerreros y luchadores”, dicen. Así es como se definen. Y cómo juegan.

Para Toni y las jóvenes, el club rompe estigmas y crea oportunidades. “Este es un gran progreso. Ver a niñas y adolescentes gitanas jugar al fútbol y contar con el apoyo de sus familias es una tarea muy importante”, afirma Alba Blanco (28 años), una de las veteranas del equipo. Ella es madre y vino de León a estudiar y trabajar. Aunque se quedara por amor. Ahora es educadora social y se ha convertido en la portera del equipo tras jugar al balonmano toda su vida.

Una figura clara destaca encima del vestuario: la entrenadora Elisabeth Navarlaz (38 años). Se mueve vigorosamente de un lado a otro. Fomentar, enseñar y educar. Y los jóvenes tienen fe en ella. “He jugado al fútbol toda mi vida. Siempre afuera, ya que nunca ha habido discoteca en La Mina. Y ahora ayudo a estas chicas que nunca han tenido la oportunidad”, confiesa sonriendo.

Un entrenamiento del CF Tramontana.Alberto García

El club Tramontana nació hace 23 años en La Mina con el Oporto, con un objetivo claro: “Sacar a los niños de la calle. Siempre ha sido así. Enseñarles educación a través del deporte”, dice el fundador observando el entrenamiento del primer equipo femenino por un lado, y del equipo masculino más joven por el otro. Con 11 equipos y más de 200 niños, el barrio pidió dar un paso más.

“El año pasado crearon un proyecto deportivo para niñas gitanas. Probamos con distintos, pero a todos nos gustaba el fútbol”, explica sin pudor Emilia Moreno (15 años). “Dejé la escuela cuando tenía 11 años y ahora voy a regresar. El fútbol te ayuda a establecer una rutina y a concentrarte”, añade la joven. «Aquí los que no estudian se quedan en casa para ayudar. Hacer deporte te motiva y te ayuda a sentirte más valorado”, confiesa.

Emilia siempre ha vivido en La Mina. Formaba parte de un pequeño equipo que se había formado en el barrio. Y uno de los primeros a los que Toni le comunicó su intención de dar un paso más. “Vi que formaban un grupo, pero solo jugaban entre ellos. Y les propuse que formaran un equipo, para romper moldes en el barrio. Empezamos con pocos jugadores, pero vamos aumentando», explica contento el Porto sobre la decisión de crear el equipo.

Toni muestra una fotografía en la sala de trofeos. En él, una veintena de niños y entre ellos una niña. “Era el año 2000. Yo era la única chica en todo el club y jugaba con los Benjamins. Ahora tenemos a su hijo con nosotros”, explica Porto. Desde entonces todo ha cambiado para el fútbol femenino. Samara Leria (15 años) siempre había jugado en la calle. Pero dejó de hacerlo: «Me llamaban marimacho». Algo parecido le pasó a Laia Ramos (17 años). El fútbol viene de familia: su padre es entrenador local y juega con él desde que tiene uso de razón. “Siempre elegí tener una pelota entre las piernas en lugar de patinar o bailar. Yo era el único y se reían de mí. Ahora tengo compañía, soy libre y estoy en paz con la gente que me rodea”, añade la joven.

Entrenamiento del equipo de fútbol femenino del CF Tramontana en el distrito de Mina.
Alberto García

“Hay muchos comentarios de que está mal visto que las niñas gitanas jueguen al fútbol. Llegamos muy tarde. Nuestras costumbres son un poco estrictas, pero estamos iniciando una nueva era. Estamos derribando muros”, afirma Toni, que de joven llegó desde Cádiz a La Mina en busca de oportunidades y se quedó para formar una familia. “Es necesario que se vean en un ambiente deportivo, se junten, salgan del barrio y conozcan gente y otros lugares”, añade Alba antes de ir a entrenar.

Los miércoles y viernes se reúnen a las ocho de la tarde para entrenar. Iluminados por los focos que iluminan ligeramente el campo, algunos padres animan a sus hijas desde la barrera. Entre estas destaca Ester Gómez (16 años). Tan ágil con el balón como delante de la grabadora. Ahora compagina su pasión -juga desde los cuatro años- con el instituto. “Es difícil organizarme. Pero para mí el fútbol es compromiso, valores y objetivos. Es una manera de desafiarte a ti mismo”, dice la joven sonriendo. Con la brasileña Marta Vieira como referencia, regatea y dispara con potencia.

Las últimas en llegar al entrenamiento y calzarse fueron las gemelas Alejandra y Claudia Martín (18 años). La segunda se animó a venir al club por la insistencia de su hermana y los comentarios sobre el buen ambiente. “Hay unidad y camaradería. Es el primer equipo con el que me siento cómoda”, explica Claudia. Y cada vez son más. “Ahora hay muchas canteras en La Mina. Tienen más referentes y quieren hacer como ellos”, afirma el técnico.

Entrenamiento del equipo de fútbol femenino del CF Tramontana en el distrito de Mina.
Alberto García

El gran problema del club es la financiación. “Es un barrio con muchas necesidades. Mucha gente no puede permitirse pagar una tasa o una tasa”, recuerda Toni. Él, al ser responsable de los gastos de los jugadores, tiene dificultades para afrontarlos. “Necesitamos una empresa que nos eche una mano. Logré conseguirle el equipo, un traje y la compra del material. Pero no hemos llegado. La cuestión de la federación es una fortuna: cada ficha cuesta entre 120 y 130 euros, y el arbitraje entre 70 y 80″, se queja Toni. Desde el Ayuntamiento, la ayuda que reciben es pequeña y en ningún caso suficiente.

Pero Toni, su familia y los jóvenes jugadores tienen fe en el proyecto. «Es complicado, pero no imposible», afirma el fundador. «Si siguen así y se comprometen, aunque acaben de empezar, este año podrán hacer algo», añade mientras les ve entrenar, con cariño y esperanza.

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